La juventud contra las juventudes

Chimo Ferrandiz

Chimo Ferrandiz

Miembro de Revolutio Valencia. Encargado de secretaría legal.

«Las juventudes», entendido este concepto como el referido a la sección de los partidos políticos integrada por aquellos más postreros en su nacimiento -trato de no llamarlos jóvenes-, son la mayor amenaza que acecha a «la juventud». Son su antítesis, su contraposición, el demiurgo que deforma la naturaleza primigenia y virtuosa del que se enfrenta al mundo por vez primera con ojos aún inmaculados.

Mientras que al buscar en el diccionario encontramos «energía, vigor, frescura» como definición de la palabra juventud, cuando observamos a las juventudes partidistas no podemos ver más que flaqueza, impotencia, podredumbre. 

No pretendo en estas líneas atacar personalmente a aquellos que de manera excepcionalmente honrosa militan en juventudes partidistas clásicas movidos por la tierna inocencia que les lleva a pensar que es así cómo se construye el mundo en el que quieren desarrollar su vida y criar a sus hijos, sino exponer el problema estructural que supone para el recurrente devenir del país la mera existencia de estas secciones de nombre trampantojo.

Las juventudes son elementos que pervierten el ser de la juventud, ofrecen al fuego una cómoda residencia en un estanque para así convertirlo en rescoldo. Son un circo en el que las fieras son domesticadas a cambio de recompensas futuribles que sólo acabarán degustando los más obedientes (que suelen ser también los más tercos). Y así, la juventud, la punta de lanza de la movilización social, es fácilmente desmovilizada.

Este proceso de domesticación es aquel que se emplea para que las focas aplaudan cada vez que se les dicta. La capacidad crítica de los jóvenes muere para, probablemente, no resucitar jamás, ya que cuanto más fuerte y acríticamente aplaudan a los de arriba, más posibilidades hay de alcanzar la ansiada recompensa.  «Un puesto en las listas del pueblo», suspira una foca, «Me conformo con una paguita de asesor», sueña la de al lado…

Porque el problema troncal es que los partidos políticos se han convertido en sí mismos en ascensores políticos, sociales y económicos. La política ha devenido en un trabajo al que aspirar desde que se toma conciencia de que vivimos en un mundo que necesita de rectores. Pero, ay, no puede aspirar a ser maestro quien no ha pasado por los vientres del taller. La política como vocación, que diría Weber, ya no se funda en la vocación de servicio, sino en la vocación de vivir estudiando poco y trabajando menos.

Y conste que no estoy en contra de que la política sea una profesión, siempre y cuando las élites sean bien seleccionadas. Siempre y cuando el proceso de selección para alcanzar tan noble profesión no esté viciado y secuestrado por personas de maneras e inteligencia otárida. 

El reclutamiento de élites, en un mundo regido por una aristocracia que ya no es sanguínea, es un proceso de vital importancia para el devenir de la comunidad y es inaceptable que el modelo actual esté basado en la endogamia partitocrática. Atenta contra toda lógica el hecho de que llegue a ser élite aquel que ha prestado previamente vasallaje a la élite que le precedió, pues el vasallo no tendrá nunca dotes de señor.

Pero de vasallo en vasallo se van relevando, por lo que siempre encontraremos corrupción en el ayer, mediocridad en el ahora y miseria en el mañana.

¿Cuál es la alternativa? Un asociacionismo juvenil libre de injerencias partidistas que sirva de base para un reclutamiento sano de élites constantemente renovadas por elementos de procedencia externa, pues todos sabemos en qué degenera la endogamia. 

 

1 comentario en «La juventud contra las juventudes»

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