Sobre la humildad

David Santana

David Santana

Presidente de Revolutio

Para un auténtico fanático de sus ideas como un servidor resulta difícil decir que Nietzsche se equivocaba.

Sin duda alguna, el mayor de los valores del hombre es la humildad. Todo aquel que desee llevar una vida próspera y repleta de dicha, ha de buscar siempre esta virtud y, así mismo, rodearse de aquellos que la practican.

En la humildad se halla la génesis de todo conocimiento. Los reyes legendarios siempre se rodeaban de consejos de sabios. ¡Cuánto mejor les hubiera ido si se hubieran rodeado de humildes! Porque el sabio pudiera llegar un momento en el que, creyendo que ya conoce todos los misterios del universo, dejase de desear saber. ¿De qué le serviría invertir su tiempo en conocer más, cuando ya es el primero entre sus compañeros? En cambio, el humilde «solo sabe que no sabe nada» y siempre deseará adquirir nuevos conocimientos, creyéndose ignorante aunque sea el más inteligente de los hombres. Siempre estará abierto a nuevas ideas, aunque estas contradigan lo que hasta entonces pensaba, ya que, ¿quién es el humilde como para llegar a una verdad absoluta? Este pensamiento le proporcionará la virtud de estar siempre dispuesto a aprender. Así pues, quien quiera ser sabio, sea humilde primero.

Pero, ¿cómo se puede trabajar la humildad? Es sin duda también una tarea difícil. Hay quienes nacen con este don, la virtud está en su naturaleza, ¡qué afortunados ellos! La gran mayoría de los seres humanos no gozan de este beneficio, y es comprensible el querer disfrutar del fruto de nuestro trabajo y nuestro sufrimiento. Para aquellos a los que la virtud no nos ha sido otorgada por gracia divina, la mejor manera de trabajarla es a través de Dios.

La creencia en Dios Todopoderoso supone la renuncia a uno mismo. También esto se da en la comunidad, indivisible de la fe ya que esta ha de vivirse siempre en conjunto –«Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo»–. Un buen católico, al igual que un buen miembro de una fraternidad, ha de ser humilde, pues sus logros no serán suyos, sino de todos sus hermanos y, así mismo, no deberá luchar por su propio beneficio, sino por el de la comunidad y, en última instancia por la gloria de Dios –«Non nobis domine, sed nomini tuo da gloriam»–. De tal modo que toda grandeza será externa a nosotros, y no seremos más que herramientas de una obra mayor, que supere nuestra vida y, en definitiva, nuestra humanidad

Esto es lo que obtendremos a cambio: ser reconfortados. No habrá más sufrimiento, pues comprenderemos la futilidad de nuestra vida en comparación con la obra de Dios, o la obra común si se prefiere. También gozaremos de mayor prestigio entre los sabios. La compañía del humilde siempre es plácida y serena, y su opinión ha de ser codiciada por todo aquel que busque la virtud, al igual que Siddhartha supo aprender durante años de la compañía del humilde barquero. Solo el humilde sabe prestar atención como para escuchar al río, callar para maravillarse ante el canto de las aves o detenerse para admirar la libación de las abejas. Solo él puede sentirse uno con la naturaleza y, por lo tanto, con Dios. Porque solo el humilde, cuando ha conocido y aceptado las limitaciones, pero también las virtudes de su humanidad, desea ser solo humano; al igual que el río desea ser solo río; el ave, ave y la flor, flor.

Aceptemos los halagos, pero no nos reconfortemos en ellos, pues eso nos volverá ociosos. No nos conformemos. El hombre ha de estar constantemente superándose, nunca ha de pensar que ha llegado a su estado óptimo, pues eso significaría que podría mirar cara a cara a Dios, y tanto los católicos como el joven Ícaro sabemos bien lo que ocurre al tratar de igualarse a la divinidad.

Nietzsche se equivocaba. La senda para alcanzar el Übermensch comienza con la humildad. Aceptando que es una senda que uno solo no puede andar y necesita de algo superior o, al menos, de la comunidad.

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